Bailando con los últimos corales

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Cheeca Rock Santuary Preservation Area, Cayos de la Florida. Isla Morada. Sureste de Upper Matecumbe Key. A 20 metros bajo el agua.

“Yo creí una vez que los corales eran piedras sin vida, cuando ví el parche de corales vivos en Cheeca Rock sentí compasión y amor. Uno protege lo que conoce. Ese día decidí salvarlos”  –

Parte 1.

Parece que los ecos de la música tropical de Isla Morada en los Cayos de la Florida se escuchan en el fondo del mar embelesando a la colonia de corales de Cheeca Rock, que bailan en una danza de abanicos, látigos marinos y pólipos levantado burbujas en el agua sobre el manto de algas y piedras que por 8000 años las olas han purificado.

Desde ese tiempo han salido mil soles mientras los arquitéctos de la naturaleza, los corales, construían pulgada a pulgada las 360 millas que abarcan el Tracto de Arrecifes de la Florida (FRT), la tercera barrera más grande del mundo, después de la Gran Barrera de Australia y Belice.

Sin ruidos artificiales, en las tranquilas corrientes de la Florida, las larvas que nacían  se guiaban por el sonido de los arrecifes para regresar a la colonia madre en las noches de Luna llena. Plantados como árboles en las piedras milenarias, recibían los rayos del Sol y el oxígeno de las algas que lo cubrían.

El Sunshine State perdió su paraíso virginal cuando el hombre empezó a tener conflicto con los corales y los pantanos para desarrollar su ciudad soñada. Era un tiempo en que era más importante conquistar que sostener.

Así empezó la crisis de los incomprendidos corales.

Con los dragados de los arrecifes para crear el puerto y las islas desaparecieron corales históricos de 200 y 300 años. En los años 50’s, empezó la crisis de los corales y con ella surgió un defensor, John Pennekamp. Hoy en dia los biólogos marinos, los conservacionistas continúan su misión.

Protegidos en santuarios como todas las especies del mundo para que puedan sobrevivir, la crisis de los corales continúa. En los últimos 40 años, los arrecifes han perdido más de la mitad de la cubierta de corales y se desvanecen frente a una de las costas más urbanizadas del planeta cada vez más poblada.

Mientras los geólogos rastrean el suelo marino para ver el tiempo que le queda a los corales, los biólogos hacen lo imposible por salvarlos. La restauración de corales es nuevo experimento que asoma rayos de esperanza en un vivero de los Cayos donde se esfuerzan por rescatar al  principal constructor de los arrecifes en el Atlántico,Staghorn, Cuerno de Alce, de la Lista Roja de Especies en Peligro Críticos (UICN).

Antiguamente Cuerno de Alce y otra especies extintas en nuestro tiempo eran la vida de los arrecifes que bordeaban las costas donde se refugiaban todos tipo de peces. Las puntas de las rocas que salían del fondo del mar asustaban a los marineros que naufragaban nombrando al collar de islistas de los cayos de “Los Martires”. Así quedaron documentadas en los mapas del 1700.

Hoy en día para ver arrecifes hay que navegar veinte minutos mar adentro.

En las aguas protegidas del Santuario de los Cayos de la Florida, en miles de parches de arrecifes todavía hay vida. La colonia de Cheeca Rock es una de las favoritas de los submarinistas. Es tan pequeña como el patio de una casa, pero su belleza es comparada a una selva tropical.

Además de su belleza escénica los arrecifes sostienen la economía de miles de personas, entre ellas Cindy, la propietaria de un catamarán en Robbin Marina que hace viajes ecológicos a los arrecifes.

Invité a la biólogo marina experta en corales, mi amiga Annelise Mc Dougall que me acompañara en un viaje de solidaridad ecológica a los arrecifes de los Cayos del Medio.

Un día sentada en su silla de científica encontré un libro llamado Tropical Connections despertó en mi el deseo de documentar los desconocidos e incomprendidos corales antes que desaparezcan.

Salimos de Robbin Marina en el catamarán de Cindy triupulado por un equipo de mujeres apasionadas con la navegación.

La capitana, una joven de Texas que ahora reside en los cayos y conoce el lenguaje de las nubes, arrancó el motor y navegamos rompiendo olas bajo unos chubarrónes que cambiaron el azul turqueza del mar por un mar gris picado. Esta era su segundo viaje del día a los arrecifes.

A medida que nos alejábamos, la lluvia era más intensa; pero la capitana con su buen carácter nos dijo que las nubes eran pasajera.

Una ola bastante alta, nos dió el primer baño de agua salada. Nos movímos al centro del barco esperando otras olas; pero el barco se detuvo dos minutos después.

Se paró el motor y la capitana anunció que habíamos llegado.

De no ser por una tortuga marina que salió del fondo del mar, nunca hubiera pensado que allí había un arrecife. Estábamos en el medio del mar y sentía como si las nubes tocaran las olas.

La capitana se aseguró de repetir el nombre de todos. Señaló un círculo azul intenso rodeado de aguas turquesas que parecía un donuts y dijo – “allí donde está el donuts es  Cheeca Rock” . Pero ese allí estaba distante del bote y me preocupó, aunque entendía que para proteger a los corales los barcos no puede acercarse a los parches.

Los ojos de Annelise se alumbraron como si hubiera llegado a un paraíso. Su vida eran los corales, y sabía lo que nos esperaba ver.

Se puso el equipo de buceo que usó todo el año en sus viajes submarinos rastreando los suelos en la Florida,  Bonaire y Galápagos estudiando la resistencia de los corales a enfermedades y otros estresantes. Antes de saltar al agua me recordó que la tortuga estaba esperando por mi en los arrecifes.

Cuando salté al agua, estuve unos minutos sujeta a la soga del barco. Insegura por la profundidad y el oleaje y por mi poca experiencia haciendo snorkeling en el Océano. Todos me decían que soltara la soga para no golpearme con el barco.  En ese momento Annelise me dijo algo que no olvidaré. “Estamos tan sembrados a la Tierra que cuando no estamos allí nos sentimos perdidos”. Era cierto. La soga me tenía atada. Era lo único que me ataba a las referencias de la Tierra antes de soltarme libre en el mar.

Miré a los arrecifes y volví a ver la tortuga salir a la superficie de su casita de coral; pero las olas no me dejaron verla más.

Seguí a Annelise mientras buceaba hacia Cheeca Rock esperando ver a la tortuga cerca de mí.

Cuando vi por primera vez la colonia de corales de Cheeca Rock sentí compasión y amor, estaba flotando encima de un parche de corales vivos. Miré a todas las direcciones buscando la tortuga pero no la veía. Debajo de mi habían tanta rocas de las que nacían corales que parecían árboles. La visibilidad era buena hasta cierto punto. A lo lejos vi a “Honu” como la llaman los Hawaianos, emergiendo del suelo marino.

Volvió a desaparecer por las cortinas de luz que penetran en el océano dando la impresión de ser paredes divisorias que van cambiando los colores del azúl.

Tenía dos horas para descubrir un mundo nuevo.  Me olvidé del bote y de la soga. Toda yo era la vista y en algunos momentos escuchaba el susurro de los arrecifes. Fue cuando perdí conciencia del tiempo, del bote y del lugar donde estaba. Una paz inmensa me rodeaba cuando sentí detrás de mi un círculo de energía.

Llegada a los arrecifes. Un mundo vivo en las profundidades. Continuación de la historia en la próxima publicación. 

 

 

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