ZÚRICH “Lo que más brilla son las aguas cristalinas de su río Limmat”

0

Cuando llegas al aeropuerto internacional de Flughafen en Zúrich, lo primero que vas a ver, son los aviones blancos de la flota Swiss Air, con sus emblemáticas colas pintadas con la bandera suiza. La terminal aérea, considerada entre las mejores del mundo, ofrece vuelos a 190 destinos y cuenta con su propia estación de trenes con viajes a varias ciudades de Europa.

Del aeropuerto al centro de Zúrich el trayecto en tren demora solo 10 minutos.

SONY DSC

Bahnhof, más que una terminal de trenes, es el orden suizo

Es muy emocionante llegar a Zúrich por la Estación Central de Trenes Bahnhof, diseñada por Gustav Albert Welmagnn con un estilo neorenacentista y ampliada, en 1817, por el arquitecto Jakob Friedrich Wanner.

Con sus enormes arcos, tragaluces y techos altos, tiene el alma de muchas de las terminales de trenes europeas: esa impronta que emana el ser un sitio de encuentro y despedidas, donde se palpa la vida. Pero Bahnhof representa algo más y es la esencia del orden suizo. A diferencia de otras terminales bulliciosas, aquí no reina el caos, a pesar de los 2, 915 trenes y 340, 000 pasajeros que viajan cada día.

SONY DSC

En el vestíbulo encuentras un enorme reloj colgando del techo, que te recuerda que tienes que poner el tuyo en la hora Suiza porque aquí la impuntualidad no es bien vista.

Cuando salí de la terminal, mi primera impresión fue haber llegado a una elegante ciudad de provincia detenida en el tiempo de los tranvías. La bienvenida a la Suiza Alemana me la dio el ciudadano más ilustre de Zúrich, Alfred Escher Vom Glas, el rey de los ferrocarriles suizos e impulsor del ferrocarril alpino, inmortalizado en un monumento ubicado en el centro de la plaza, por donde circulan los tranvías y trolebuses.

 SONY DSC

Ostentar poder es de mal gusto en Zúrich

Con los Alpes tan altos no hay pretensiones de erigir rascacielos en la ciudad más internacional de la Confederación Helvética. El edificio más alto es moderno y tiene 126 metros, luego lo siguen las imponentes torres gemelas de la Iglesia Mayor Grossmuster, la de San Pedro con el enorme cuadrante del reloj y la de la Abadía Fraumunster con su torre de aguja, la que más me gustó.

La ciudad más grande de Suiza, que lleva el letrero de ser la ciudad de los bancos, no es nada ostentosa. Los zuriqueses no presumen de sus posesiones, y si las tienen, están bien resguardadas en uno de los 200 bancos. De lo que si presumen los habitantes de Zúrich es de ese espíritu de libertad y neutralidad, característica de una ciudad que fue centro de refugiados pacifistas de toda Europa, en la Guerra Mundial de 1914. Motivo por el cual, salen a votar cada dos semanas, para exigir sus derechos al gobierno.

La única zona de glamour y en donde puedes encontrar gente un poquito más especial es en la Banhoffstrasse, una de las calles más caras del mundo donde las etiquetas son intocables y la llaman la 5ta. Avenida de Suiza.

SONY DSC

Prefiero a Zúrich en invierno o primavera

A mí me hubiera gustado llegar en invierno o en primavera, para así disfrutar más las caminatas por la ciudad. Llegué en medio de una ola de calor y me fui a recorrer la ciudad con el jet lag intercontinental y sin descanso. Un error que nunca volveré a cometer.

El verano cambia el estilo de vida en toda Suiza y dónde más se refleja es en la comida de temporada. En abril, cuando llega la primavera se le dice adiós al invierno, todo el pueblo sale a la calle a desfilar, se tocan seis campanadas y en el lago de Zúrich se quema un muñeco de tres metros de altura que representa al invierno.

SONY DSC

A falta de mar, en Zúrich el verano convierte los ríos y el lago en playas donde las temperaturas frías del agua no le molestan a los bañistas, y aunque sea un pie hay que sumergir en el río. El agua es tan valorada como el sol y las aguas de los ríos son tan puras como cristalinas. Por toda la ciudad existen 1, 200 fuentes públicas donde puedes llenar tu pomo y beber agua fresca.

SONY DSC

Los rostros de la ciudad entre dos siglos

Subiendo y bajando colinas Zúrich tiene dos mundos: el de los hombres de negocios y el de los que se concentran en cambiar la imagen de la ciudad por una más vanguardista. En la zona industrial de Zúrich West, la imaginación y el reciclaje no tienen límites y todo se aprovecha, hasta un viaducto ferroviario se ha convertido en mall. Pareciera que la ciudad está viviendo dividida entre dos siglos. Uno que mira al futuro y otro que se apega al pasado.

No todos los espacios están reservados para los banqueros

Por suerte, existen espacios que no están reservados ni para los banqueros, ni  tampoco para los vanguardistas del siglo XXI, y estos son los de la zona histórica de la ciudad, animada con las encantadoras callejuelas de siempre, de siglos, como la pintoresca Augustinergasse.

SONY DSC

El mayor encanto de Zurich: sus terrazas en las colinas

Rodeada de dos ríos y un lago, y con el telón de fondo de los Alpes, Zúrich  es una verdadera postal en todas las estaciones, e invita a subir a las cimas de sus colinas para disfrutar las panorámicas. La más significativa es la de Lindenhof, el montículo donde los romanos pusieron la primera piedra en su “Turicun”, alrededor del siglo IV y donde el nieto de Carlomagno construyó su castillo imperial. Del antiguo puesto aduanero y el castillo, hoy solo queda un muro de piedra y la zona es un agradable patio con 80 árboles de tilo, conocido como “El Patio de los Tilos”, donde los locales juegan ajedrez en el suelo y se pueden ver excelentes vistas de la zona antigua y el río Limmat.

Al bajar la cuesta se puede tomar el camino que lleva a la Iglesia de San Pedro con su encantadora plaza de San Peterhofstatt, rodeada de calles serpentinas llenas de edificios históricos. Cada cierta hora las campanas de la iglesia comienzan a tañer y parece que van a despertar a la ciudad silenciosa.

SONY DSC

Al otro lado del río Limmat está otra de las colinas desde donde se puede alcanzar una envidiable vista panorámica. La Polyterrasse es la terraza de la zona estudiantil, frente a la Universidad y el Politécnico Federal, construido en 1864 y de donde salieron siete Premios Nobel. Para llegar a la colina se puede coger el funicular Polybahn, es un viaje inolvidable que dura segundos y deseas repetir una y mil veces. La bajada de la colina es en pendiente pero el trayecto es pintoresco y bien vale la pena.

Share.

About Author

Leave A Reply

Translate »